028- Fe ante un Dios con gran disponibilidad de ayudarte

Mateo 9:18-26

18 Mientras Jesús les decía estas cosas, vino un oficial de la sinagoga y se postró delante de Él, diciendo: «Mi hija acaba de morir; pero ven y pon Tu mano sobre ella, y vivirá». 19 Levantándose Jesús, lo siguió, y también Sus discípulos. 20 Y una mujer que había estado sufriendo de flujo de sangre por doce años se le acercó por detrás y tocó el borde de Su manto; 21 pues decía para sí: «Si tan solo toco Su manto, sanaré». 22 Pero Jesús, volviéndose y viéndola, dijo: «Hija, ten ánimo, tu fe te ha sanado». Y al instante la mujer quedó sana.

23 Cuando Jesús entró en la casa del oficial, y vio a los flautistas y al gentío en ruidoso desorden, 24 les dijo: «Retírense, porque la niña no ha muerto, sino que está dormida». Y se burlaban de Él. 25 Pero cuando habían echado fuera a la gente, Él entró y la tomó de la mano; y la niña se levantó. 26 Y esta noticia se difundió por toda aquella tierra.

Nadie puede negar que en la narración de estos nueve versículos encontramos un modelo de fe que surge del pozo de la desesperación del dolor humano, como un último ruego que espera la salvación de parte de Dios. Encontramos a un oficial  de  aquella sinagoga de aquel lugar. Su sistema religioso no le había dado respuestas, él prefirió humillarse delante de Jesús. Él tenía vino nuevo para su hijita, quien acababa de morir. No dudó en exponer ante Él su clamor de desesperación y de esperanza: «Mi hija acaba de morir; pero ven y pon Tu mano sobre ella y vivirá». El verso 19 simplemente dice: “Levantándose Jesús, lo siguió, y también Sus discípulos.” Esa disponibilidad del amado Jesucristo para responder a la fe es digna de ser alabada una y otra vez. 

Pero a partir del verso 20, se nos presenta a esta mujer que “había estado sufriendo de un flujo de sangre por doce años”. Hoy quizás le llamaríamos cáncer o algo así, sumamente grave y crónico. Mateo dice que ella: “se le acercó por detrás y tocó el borde de Su manto; pues decía para sí: «Si tan solo toco Su manto, sanaré».” Es imposible que, de lo profundo de una mujer con tanta debilidad y dolor, haya surgido una fe tan maravillosa como la que surgió de su corazón delante de la presencia del Amado Jesucristo. Su fe, al igual que esa bella flor llamada Loto, surgió de la base misma de aquella naturaleza de dolor y de oscuridad profunda para que glorificara como una dulce melodía a los oídos de Jesucristo. El loto, llamado la flor de la pureza, se levantó en fe y en esperanza, creciendo en medio de condiciones adversas. Dios trabaja en medio del dolor de la humanidad para traerles sanidad. Por ello, leemos en el verso 22: “Pero Jesús, volviéndose y viéndola, dijo: «Hija, ten ánimo, tu fe te ha sanado». Y al instante la mujer quedó sana.” Fue un milagro inmediato, una disposición a honrar la fe sin dilación. Su fe en Cristo la había sanado. El Cristo que creció la fe en ella la sanó. ¡Bendito sea Su Nombre! 

Piensen en la fortaleza que ha de haber servido al oficial de la sinagoga. Así que, para fortalecerlo plenamente al llegar a la casa del oficial, dijo a los flautistas y al gentío: «Retírense, porque la niña no ha muerto, sino que está dormida». Y aunque se burlaban de Él, después de echar fuera a la gente, “Él entró y la tomó de la mano; y la niña se levantó.” Bendito Dios, creador y salvador. 

Preguntas de Reflexión:

1- Al examinarte a ti mismo ¿Crees que Dios tiene la suficiente disponibilidad de ayudarte?

2- ¿Crees que tienes suficiente fe para exponer tu carga delante de Él?

3- ¿Cuál de los dos casos ilustra mejor tu necesidad de un milagro divino?

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