Mateo 9:1-17
Entonces los discípulos de Juan se acercaron a Jesús, diciendo: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, pero Tus discípulos no ayunan?». Y Jesús les respondió: «¿Acaso los acompañantes del novio pueden estar de luto mientras el novio está con ellos? Pero vendrán días en que el novio les será quitado y entonces ayunarán. Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo, porque el remiendo, al encogerse, tira del vestido y se produce una rotura peor. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan».
El 30 de enero escribí bajo el título «Las ofrendas, la oración y el ayuno». El contexto de ese texto lo llamamos el Sermón del Monte. Allí escribí que: “Después de mostrar la importancia de la ley moral en todos los aspectos de la vida, el Señor señaló que el problema del mundo religioso era su hipocresía. Así que en el capítulo 6:1 les dijo a Sus discípulos: “Cuídense de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ello; de otra manera no tendrán recompensa de su Padre que está en los cielos.” Aquel mundo religioso buscaba agradar a los hombres para recibir su aprobación. Pero ese no es el camino para agradar a Dios. Jesús mencionó que las ofrendas, la oración y el ayuno, como prácticas espirituales, deben tener el propósito de hacer crecer nuestro carácter cristiano que glorifique a Dios. Tanto las ofrendas como nuestras oraciones deben buscar alabar a Dios. El ayuno no tiene otro propósito. Nuestra audiencia tiene que seguir siendo el Señor.
En Mateo 9:14 los discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, pero Tus discípulos no ayunan?». Jesús les dio una respuesta circunstancial; los discípulos de Cristo estaban de celebración como los novios recién casados. No había una razón lógica para estar de luto. El ayuno no encontraba cabida en aquella fiesta de celebración. El reino de los cielos se había acercado; era tiempo de celebración. El novio estaba presente y la iglesia lo disfrutaba. Pero Jesús les añadió: “Pero vendrán días cuando el novio les será quitado, y entonces ayunarán” (9:15). Ahora es tiempo de ayuno ya que vemos un mundo en profunda crisis, donde las guerras, las pestes, la violencia y tantas otras tragedias golpean a nuestro mundo. Ahora es el momento de buscar a Dios con mayor profundidad para exponer ante Él nuestras oraciones, ruegos, súplicas e intercesiones en un contexto de ayuno.
Jesús añadió: “Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo, porque el remiendo, al encogerse, tira del vestido y se produce una rotura peor” (Mateo 9:16). Y luego, en el verso 17, añadió: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan”. Estas dos declaraciones contundentes que Jesús hizo, las hizo en el contexto de la pregunta de los discípulos de Juan. Ni Juan el Bautista tenía la tela nueva ni el vino nuevo en su sistema religioso, ni el sistema judaico-farisaico. Cristo vino a hacer una presentación con pruebas de que el reino de los cielos se había acercado. Cristo apareció para salvar lo que se había perdido, no para remendar ni para saciar con vino viejo las almas de los que habían venido a redimir. Para Adán y Eva eran suficientes las horas de higuera para cubrir la desnudez. Para Dios era necesaria la fe en que Jesús murió en la cruz del Calvario. Todo es nuevo por la gracia de Cristo. Cristo no vino a poner un parche de nueva religión sino a llamar a los hombres a la fe y al arrepentimiento. Los llamó a nacer de nuevo (Juan 3). El vino viejo quedaba atrás; ahora Jesús, levantando la copa, dijo: “Bebed de ella todos, porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26). Ahora vivimos en la era del Espíritu Santo, el Pentecostés ha sido inaugurado por Cristo en una nueva dimensión de vida y revelación. Los judaizantes querían hacer del cristianismo y de la Ley una mezcla religiosa que Dios jamás aprobaría. El Nuevo Pacto tiene que disfrutarse con un nuevo corazón. La Iglesia es el odre nuevo en el que el Señor ha derramado Su Espíritu Santo. El ayuno tiene una nueva dimensión espiritual que el mundo religioso no puede entender. De allí que tanto Lutero como Calvino pusieran al descubierto que el rito romano contiene muerte en su sistema. La estructura escolástica seguía apostando al legalismo, pero la Reforma trajo a la luz la gran doctrina de la justificación por fe aparte de las obras. Si el ayuno no responde a una acción espiritual conforme a la fe, entonces solo es una práctica religiosa muerta.
Preguntas de Reflexión:
1- Al examinarte a ti mismo, ¿qué piensas tú sobre la práctica del ayuno?
2- ¿Practicas el ayuno en una nueva dimensión de la fe, con propósitos de madurez cristiana y de mortificación de la carne, o lo haces con fines religiosos que ni siquiera entiendes?
3- ¿Crees que el ayuno puede ser beneficioso para orar, leer, y prepararse para servir a otros?

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