Mateo 1 inicia su evangelio presentando la genealogía de Jesucristo, partiendo desde David hasta Abraham, su manera de hacerlo en ese orden nos muestra que quería hablar con los judíos y proponerlo como Rey de Israel y como el recipiente de las promesas divinas. Es en Jesucristo que has sido, están siendo y serán benditas todas las naciones de la tierra, no en ningún otro nombre, ni en ningún reino. Jesucristo, el Rey eterno prometido, es quien juzgará a las naciones con autoridad y con poder. En Mateo 1:16 se nos dice que Jesús es “llamado el Cristo”. Es decir que conocemos la genealogía de Jesús, llamado el Cristo.
Mateo también presentó a su generación la génesis de Jesucristo, quien por Juan sabemos que es el Verbo Eterno de Dios. Él es la Palabra, el Logo divino que se hizo hombre. Esa encarnación es a la que me refiero cuando hablo de la génesis de Jesús. Tanto María como José estaban legalmente, ente comprometidos cuando Dios de manera soberana y sobrenatural interrumpió en sus vidas. María, aquella virgen desposada con José, descendiente directo del rey David, ambos comprendieron que Dios de manera soberana y providente, había visitado a María , y que esta había concebido por “obra del Espíritu Santo.” Aquel niño sería llamado: Jesús. El ángel afirmó: “porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados”. José comprendió que aquel niño, que había sido concebido por el Espíritu Santo, llegaría a ser el salvador de Su pueblo. Por ello el evangelista en Lucas 19:10 RVR1060 dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Mateo 1:23-25 (Reina-Valera 1960), citando al profeta Isaías 7:14 dijo: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.” Y nos narró que José creyó y obedeció al ángel del Señor, y recibió a María. La versión Nueva Biblia de las Américas cierra su traducción diciendo: “tomó consigo a María como su mujer; y la conservó virgen hasta que dio a luz un Hijo; y le puso por nombre Jesús.
En Mateo 2:1-23, el evangelista nos narra aquella larga jornada que llevó a aquella familia a migrar desde Belén hasta Egipto y luego de regresar desde Egipto hasta la ciudad de Nazaret. Cuando nació Jesús en Belén, en la tierra de Judá, el rey Herodes reinaba en la tierra de Israel. Allí en Belén, aquellos que viajaban guiados por una estrella, vieron que: “se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño” (Mt. 2:9). Así que: “Cuando vieron la estrella, se regocijaron mucho con gran alegría. Entrando en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrados lo adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra” (Mateo 2:10-11).
De Belén a Egipto
La diligencia de José se puso inmediatamente en evidencia porque un ángel del Señor se le apareció en sueños, advirtiéndole sobre el eminente peligro en que se encontraban, porque Herodes buscaría matar al Niño. Así que el ángel dijo a José: “Levántate, toma al Niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que Yo te diga”. José se despertó de aquel sueño y actuó conforme al mandamiento que se le había dado. Salió esa misma noche, “y se trasladó a Egipto” (ver Mateo 2:13-15). La profecía de Oseas 11:1 fue cumplida: “estuvo allá hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor habló por medio del profeta diciendo: “DE EGIPTO LLAMÉ A MI HIJO””.
De Egipto a Nazaret
Cuando murió aquel criminal, otra profecía se cumplió. El eco de la voz de Jeremías 31:15 alcanzó fiel cumplimiento cuando leemos que un ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto, diciéndole: “Levántate, toma al Niño y a Su madre y vete a la tierra de Israel, porque los que atentaban contra la vida del Niño han muerto”. Así que en el verso 21 leemos: “Y levantándose, José tomó al Niño y a su madre, y vino a la tierra de Israel.” Quien reinaba era Herodes Antipas, había sido nombrado Tetrarca de Galilea y Perea, éste fue el Herodes que mató a Juan el Bautista y quien además participó en el juicio que se hizo a nuestro Amado Jesucristo en Jerusalén. Mateo 2:23 añade: “para que se cumpliera lo que fue dicho por medio del profeta: “Él será llamado Nazareno””.
Juan el Bautista
Mateo 3 nos narra que Juan el Bautista bautizaba en el río Jordán como requerimiento de arrepentimiento moral para el perdón de sus pecados. Al llamar al pueblo a bautizarse, primeramente les recordaba que eran pecadores que tenían que arrepentirse, y en segundo lugar, les recordaba cómo lo habían profetizado Ezequiel 36:25 e Isaías 1:16, que Dios los limpiaría de sus inmundicias. Ellos eran responsables de lavarse y limpiarse, y de quitar la maldad de sus obras delante de Dios. Esto se realizaba a través del bautismo en agua como un ejercicio de fe y obediencia. En sentido ilustrativo tendrían que salir al desierto, arrepentirse, bautizarse y volver a entrar a la tierra prometida. De allí que el mensaje de Juan el Bautista fuera firme y claro: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).
Así que Juan preparó el camino del Señor, llamando a Israel a hacer sendas derechas delante del Señor. Ellos venían a él, confesando sus pecados, y Juan los bautizaba para el perdón de sus pecados en las aguas del Jordán. Juan los llamaba a dar frutos dignos de arrepentimiento. Si no se arrepentían, entonces sufrirían las consecuencias de la ira de Dios. Así que definió su labor ministerial diciéndoles: “Yo, en verdad, los bautizo a ustedes con agua para arrepentimiento, pero Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo […] Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11).
El bautismo de Jesús
Mateo finaliza este capítulo, señalando que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Juan bautizaba para el perdón de los pecados. La versión NBLA señala a Jesús diciendo: “uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado.” Juan el Bautista había preparado el camino muy claramente para la manifestación del Hijo de Dios. Anunciando que en Él, el reino de Dios se había acercado.
Mateo señala que: “Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y los cielos se abrieron en ese momento y Él vio al Espíritu Santo que descendía como una paloma y venía sobre Él. Y se oyó una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido” (Mateo 3:16-17).
Las obras soberanas del Espíritu Santo
En Mateo 1:18 vimos la manifestación del Espíritu Santo operando en María para que ella concibiese a la persona de Jesús. Luego en el verso 20, un ángel anunció a José: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.” En Mateo 3:11, el mismo Juan el Bautista dio testimonio del Señor Jesucristo diciendo: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Y en el verso 16, Mateo dice: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.” E inmediatamente, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
Aquella batalla espiritual se dio en el contexto de aquel ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, que Jesucristo realizó. Esta batalla fue auspiciada conforme al propósito divino por la misma tercera persona de la Trinidad. Aquella batalla espectacular anunciada desde Génesis 3:15 representó una victoria contundente para el Amado Jesucristo. Luego vendría aquella batalla determinante que veremos en la cruz del Calvario.
Mateo 4 nos habla de tres contundentes declaraciones que Jesucristo dijo. En estas tres declaraciones hay sabiduría de vida. Sabiduría para vivir más que vencedores. Sabiduría para aprender a pelear la buena batalla del Señor. En todos los casos Jesús fue más que vencedor con el grito: “Escrito está”. Veámoslas:
1- “NO SOLO DE PAN VIVIRÁ EL HOMBRE, SINO DE TODA PALABRA QUE SALE DE LA BOCA DE DIOS”
2- “NO TENTARÁS AL SEÑOR TU DIOS”
3- “¡Vete, satanás! Porque escrito está: “AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS, Y SOLO A ÉL SERVIRÁS”
Mateo finaliza esta narración diciendo: “El diablo entonces lo dejó” (Mateo 4:11). Jesús no solo salió victorioso, sino que además recibió la recompensa del descanso a través de unos ángeles que vinieron a servirle. Toda esta historia victoriosa de Jesús sobre el maligno es un tesoro registrado por Mateo 4:1-11.
Empoderado por el Espíritu Santo
Mateo 4:12-17, nos narra que Jesucristo, después de aquella victoriosa batalla espiritual en el desierto, fue llevado a manifestar Su ministerio público empoderado por el Espíritu Santo. Mateo 4:16 dice: “EL PUEBLO ASENTADO EN TINIEBLAS VIO UNA GRAN LUZ, Y A LOS QUE VIVÍAN EN REGIÓN DE MUERTE, UNA LUZ LES RESPLANDECIÓ” (Mt. 4:16).
Sí: “Desde entonces (dice el versículo 17) Jesús comenzó a predicar: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado””. Empoderado por el Espíritu Santo, Jesús comenzó a llamar a los hombres, en toda aquella región gentil de Galilea, a arrepentirse, argumentando que el reino de los cielos se había acercado. Jesús dio continuidad a la proclamación del arrepentimiento. Y afirmó una y otra vez: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.”
La Confesión de fe de Westminster también enseña en sus artículos del capítulo XV, que: “El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica […..] Mediante este arrepentimiento, un pecador [..…] al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos, se entristece a causa de sus pecados y los aborrece de tal modo que renuncia a todos ellos y se vuelve hacia Dios, proponiéndose y procurando caminar con Él en todos los caminos de sus mandamientos.”
Decimos que el llamamiento es eficaz porque todos los escogidos por Dios responderán con fe y como consecuencia serán justificados, adoptados, santificados y perseverarán hasta alcanzar la glorificación. Dios vino a llamar a lo que se había perdido, y la regeneración y conversión (arrepentimiento y fe) son gracias divinas. Una vez renovado el corazón, responde a Dios con gratitud. Dios regenera, y el pecador se arrepiente y cree. El arrepentimiento y la fe responden juntas ante el llamado divino. Por ello vemos que el hombre regenerado llegará a ser un hombre convertido. Mientras el arrepentimiento le da la espalda al mismo diablo, al mundo y la naturaleza pecaminosa, la fe mira a Cristo y corre a Él para ser salvo. Todo nuestro ser se envuelve en esa respuesta activa. Nuestra mente, nuestro corazón y todo nuestro ser responden en gratitud por Su pura gracia.
Tanto el arrepentimiento como la fe estarán el resto de nuestra vida con nosotros, recordándonos que después de ellos hay un paso más que dar, es decir, seguir a Jesucristo como discípulos amados. Por tanto, la vida cristiana consiste en una clara jornada donde la razón, los afectos y la voluntad están constantemente participando del crecimiento hacia la madurez.
El llamamiento de los primeros discípulos y el ejercicio de las obras del Amado Jesucristo
Jesucristo llamó a Sus primeros discípulos desde el principio de Su ministerio. Los verbos de Mateo 4:18 nos presentan una secuencia lógica, primero aparece el verbo ‘andando’, luego aparece el verbo ‘vio’, luego de verlos “echando una red al mar”, les dijo en el verso 19: “Vengan en pos de mí, y Yo los haré pescadores de hombres.” Por ello Mateo 4:20 RV1960 dice: “Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron.”
Durante este tiempo de ministerio en la gran región norteña de Galilea, podemos ver al Amado Jesucristo realizando Su ministerio de enseñanza y proclamación del evangelio del reino en medio de las sinagogas. Por ello leemos que: “Jesús iba por toda Galilea, enseñando en sus sinagogas”.
En Mateo 4:23-25 encontramos un tercer elemento que caracterizó el ministerio de Jesucristo aparte de Su enseñanza y proclamación, nos referimos al hecho de que Él iba: “sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.” Pedro, testigo de primera mano, dijo: “Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea […..] cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.” Esta maravillosa y total cobertura divina que el Padre dio a Su Hijo y a los apóstoles de Jesucristo, incluyendo a Pablo, cesó cuando escribió la autógrafa, es decir, el canon de las Sagradas Escrituras. Aquellas señales de acreditación ya no eran necesarias porque desde entonces, ellos tendrían las Sagradas Escrituras, las cuales son suficientes para la salvación. A partir de entonces Dios llama testigos a predicar todo el consejo de la Palabra de Dios, incluyendo esas señales y esas maravillas, sin intentar promover más que el arrepentimiento y la fe en Jesucristo, y el aspirar a seguirle para venir a ser discípulos santos y fieles en esta generación incrédula, mala y adulterina.
Ahora bien, no olvidemos jamás que Jesucristo es libre y soberano para sanar diversas enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos también en el día de hoy. Pero en aquellos días, las multitudes le seguían, y a aquellos que salvó se arrepintieron y creyeron en Él. Él también salvará ahora a todo aquel que se arrepiente y viene a Él con fe creyendo en Su obra salvadora.
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